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La infancia de los posteadores de CdF: FUNEBRIS

En un hospital se ve de todo. Un médico con 30 años de experiencia en el ejercicio de la profesión puede jactarse de saber qué va a pasar en un paritorio cuando las constantes de madre e hijo son estables y están perfectas.
Supongo que esa presunción, esa seguridad de que nada iba a pasar que pudiera sorprenderle, fue lo que hizo que el Dr. Alopofu chillara horrorizado al ver a nuestro querido Funebris salir a lo bruto del vientre materno riendo en pleno éxtasis, lamiendo sangre con deleite y lanzando dentelladas a las enfermeras con esos afilados 6 dientes y 4 colmillos con los que ya nació.

El padre, que nunca ha sabido qué hizo mal (la genética es una lotería peligrosa), ya empezó a sospechar que algo no andaba muy allá cuando las primeras palabras que oyó que decía su bebé (ese bebé con piel blanquecina y larga melena negrísima que nunca se despeinaba), en vez de el típico “gu, gu”, “papa” o “ca”, fue “¡¡¡Sangre y Muerte!!!”, y puso de nombre a sus ositos masacre y violación.
Desde luego que sus sospechas fueron aumentando según constataba su hábil manejo del cuchillo jamonero, o cuando lo veía disfrutar hasta casi la levitación por ver cómo manaba sangre de una herida, o al sorprenderse por cómo lloraba porque le pusieran “El libro de la selva” mientras reía a mandíbula batiente con “La matanza de Texas” u “Holocausto caníbal”, cintas que llegó a, literalmente, deshacer en el Betamax de su padre de tanto verlas.

Y eso que los padres de Funebris eran gente normal.
En casa, como muchos otros, tenían tebeos… porque ahora es más raro, pero antes los adultos compraban cómics como Zona 84, Cairo, Creepy y demás gilipolleces gafapásticas. Papá Funebris compraba a su hijo Pulgarcitos, Mortadelos, Superlópez, Los Pitufos, y Zipizapes, pero Funebris los usaba siempre para realizar túmulos crematorios donde sacrificar sus He-Man, y le mangaba a su viejo los tebeos de cague donde las cucarachas surgían por todos lados para matar al señor malo que había pisado con saña a una de sus amiguitas.
Mamá Funebris logró hacer que desaparecieran todos esos tebeos de la casa, pero no pudo eliminar la afición de nuestro querido porteador por el noveno arte… ¡aunque sí encauzarla!
Tíos superpoderosos en pijamas.
El primer Superman que leyó nuestro colega fue una revelación: la simple posibilidad de que existiera un ser con semejante poder para matar, mutilar, destruir, violar, saquear, y arrasar con todo a su paso le conmovió hasta la médula.
Luego, encontró supertipos con los que empatizó más: Lobezno y sus delicados escalpelos, Thanos, al que llama “hermano”, Batman y sus 532 significados de la palabra dolor, e incluso un personaje que llegó a ser su ídolo: Punisher, aquél que no se andaba con mariconadas.

Y llegó la adolescencia, y con ella el despertar sexual de nuestro amiguito.

Asociar su devoción sin límites por la muerte con su pene tieso fue todo uno. Su taladradora del amor respondía, como la de todos, a estímulos mentales… y esos estímulos venían del cerebro más depravado que haya visto nuestra patria desde que Kimota se vino de hacer las Asias. Y así salió lo que salió.

Sus compañeras de instituto aún se estremecen al pensar en él, y no precisamente de placer (como las mías). Y encima era un puto pirado de los videojuegos, siendo su chiste favorito hacer la broma del “insert coin” en los funerales si el cadáver entreabría un poco la boca…

Y así ha pasado la infancia de vuestro posteador dominguero.
Profanar tumbas es lo menos que hace este angelito que tenemos por compañero los fines de semana, buscado en 43 estados de los EEUU (hizo COU allí, donde se toman estas aficiones suyas mu en serio.)
Como curiosidad diré que no para de intentar convencernos de que la donación de órganos es una gilipollez (“a mí, los cadáveres, me gustan completitos… alguna mutilación violenta no está mal, pero eso de que se les remueva tó lo de dentro porque les sobra espacio es un coñazo, y acabo siempre teniendo que ponerles un ñosco enorme encima’l pecho pa que no se me descuajeringuen.”) y que viste siempre de negro porque tiene un defecto en el la vista y él piensa que va con los colores del arcoiris siempre, lleve lo que lleve (“no sé de dónde viene ese defectillo… algo que comería en mal estado…”)

En su favor, además de todo lo dicho hasta ahora, diremos que desde que se unió a esta alegre pandilla, su carácter ha cambiado mucho. Cada vez es más hacendoso, ha aprendido que aquello que se mueve no tiene necesariamente que ser malo, y ha avanzado mucho en sus clases de ukelele.

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