Cosas de Frikis
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Las tribulaciones de un friki en China (Vol II)

Mucho más tranquilo sabiendo que tenía las espaldas bien cubiertas en caso de secuestro (realizado por alguien más que una tribu de amazonas chinas con la sana intención de aumentar su número de población), me dirigí al maravilloso país de Catay con una mochila y ganas perfeccionar mis posturas de kunfu.

Empecemos por desenmascarar tres grandes mitos de la China.

Los chinos no tienen la piel amarilla.
Todos los chinos no saben kunfu.
Todas las chinas NO están buenas. (La gran decepción del viaje)

Una vez en China, nada más salir del aeropuerto me acerqué a uno y le espeté: ¡Tu kunfu es una mierda, perro, en guardia! Y seguidamente ejecuté el golpe de “La grulla en invierno costipada”. Fue todo un éxito, mi movimiento fue tan rápido que al pobre desgraciado ni siquiera le dio tiempo a pulir cera, acabó en el suelo sangrando y lamentándose como una mujer. Pero lo que me desconcertó realmente fue que en lugar de levantarse y defender el honor de su escuela de kunfu ¡llamó a la policía el muy traidor! Ante la perspectiva de entrar en una cárcel comunista y participar en campeonatos de horribles pruebas sexuales… y perder, opté por ahuecar el ala discretamente.

Exportando ingentes dosis de frikez a China

¿Qué puedo contaros de China? Buf, no sabría empezar. Lo primero es que aquello es jodidamente grande, y además, cuando se ponen, los chinos hacen las cosas jodidamente grandes, los cabroncetes. Lo que primero llama la atención allí es que en todas partes hay chinos, pero no unos pocos, no, ¡los hay a miles! Y la mayoría son muy raros, porque quieren hacerse fotos contigo, supongo que para contar después a sus amigotes de taberna que han estado cerca de un demonio occidental y han sobrevivido. Es curioso porque en el grupo había alguna que otra tía buena y los degenerados seguían haciéndome fotos a mí, ¡incluso uno se puso a mi lado mientras otro me sacaba en vídeo! Creemos que era por la barba, aunque no descartamos mi sexapil y mi magnetismo personal. En fin, sonríes y saludas amigablemente, porque al fin y al cabo eres un invitado en su país, pero prefiero no saber ni cómo, ni para qué van a utilizar esas imágenes… malditos pervertidos…

Otro detalle es que cruzar una calle en Beijing es como una escena de Indiana Jones, esa del pasillo donde silban las flechas envenenadas a tu alrededor, es decir, un puto infierno. Los conductores no saben lo que es un paso de cebra, ni un ceda el paso, tampoco saben para qué mierda sirven esas lucecitas naranjas a los lados de los coches y respetan dos semáforos de cada 10. Eso sí, los peatones, con un par de cojones, se lanzan delante de los coches a la menor oportunidad. Había que aprovechar a estos verdaderos héroes y pasar a su lado utilizándolos como escudos. Los peatones chinos son gente valiente, algo suicida, pero valiente.

La comida de allí esta muy buena, pero la mayoría pica de cojones. Básicamente comen los mismos productos que nosotros, es decir, alimentos como arroz, pollo, pepino, ternera, sandía, pasta, etc… pero todo especiado a más no poder y con unas salsas extrañas y pastosas siempre por encima. Lo cierto es que los platos no se parecen mucho a lo que nos sirven en los restaurantes chinos de aquí, más bien nada, pero esta rico, rico y además muy barato.

Huevos podridos… estaban buenos, de verdad.

Como buen friki estaba dispuesto a comerme cualquier cosa, hasta una serpiente viva para darle velocidad a mi kunfu, pero a parte de una calle en Beijing llena de paraditas de chorraditas para los memoturistas, donde los únicos chinos que había estaban vendiendo, no ví nada fuera de lo común. Por supuesto, independientemente de lo que comas, alguna diarrea vas a tener, eso no te lo quita ni Dios, si no la tienes es que sólo comes cosas que sabes lo que son (menudo aburrimiento) o es que tienes un estomago de acero comparable al del gran Bud Spencer. Y lamentablemente yo no me parezco en nada.

Y no quiero insinuar nada, pero solo vimos un gato en todo Beijing, y estuvimos pateando la ciudad durante un buen puñado de días ¡y hasta ahí puedo leer!

Esto nos lleva al inevitable uso de los sanitarios chinos, o lo que es lo mismo, ¡un puto agujero en el suelo! Sí amigos, allí no saben lo que es una taza de váter. Y en muchos lugares hay lavabos públicos al que acuden vecinos, tenderos, gente que pasa por allí… tal afluencia de personal hace que allí no huela a rosas precisamente, pero hijo, si te viene el apretón, ya puedes encomendarte a Byrne que los únicos que cagan en la calle son los perros. Otro detalle es que algunos lavabos no tienen puerta, o directamente los chinos no se molestan en cerrarlas, lo cual es algo chocante, imagínate, vas tranquilamente y ves un chino apretando ahí…

Esto es un baño que olía tal y como debe oler la mismísima boca del infierno

Especial atención merece el lavabo del tren en el que fuimos sentados durante 12 horas a Xian (una puta tortura), pues por lo visto el traqueteo impide apuntar bien en el agujero y cuando cae fuera… pues ahí se queda, y si tienes que utilizarlo encomiéndate a Byrne de nuevo y sobre todo vigila donde pones el pie, porque un resbalón ahí puede ser mortal de necesidad.

Por supuesto fuimos a visitar la Gran Muralla China, en Simatai, esa maravilla del mundo antiguo que vosotros conoceréis por haberla construido tantas veces en el Civilización (o por haberla maldecido cuando la construye un vecino que te tiene ojeriza justo dos turnos antes que tú -malditos egipcios-). Y os diré una cosa, queridos frikis, cuando estos chinos la califican de “Gran” no es por capricho, creedme, es que es grande de cojones, y más larga que un día sin leer algo de una Bilblioteca Marvel. De camino y gracias a la caótica circulación china nos llevamos un par de buenos sustos, yo creo que cuando ví a un camión que venía de cara por nuestro carril adelantando a una moto manché un poco los calzoncillos, pero bueno, una experiencia maravillosa, sin duda.

La televisión china, por lo menos lo poco que ví en los hoteles, es una auténtica pasada. Hay muchísimas pelis y series de guerra, con muchas escenas innecesarias de heroísmo suicida. Las hay de tres tipos, chino medieval, kunfu a tope del estilo uno contra mil chusmillas, de la revolución comunista, y de la segunda guerra mundial en las que se lucha contra el pérfido invasor japonés. Luego también hay programas tipo noche de fiesta, con música, baile, gags… y lo mejor, con mujeres hipermaquilladas vestidas con uniforme militar (¡sublime!).

El mejor concurso del mundo

Y como colofón pude ver un programa que, sin miedo a equivocarme, yo calificaría como el mejor del mundo: un torneo de kunfu. Un par de chinos, vestidos con coloridos trajes de seda, se pegan de hostias sin protección alguna en un círculo pintado en el suelo. No pillé las reglas, porque parecía que no hubiera, pero al ganador lo vistieron con una armadura, le dieron una lanza y lo subieron encima de un caballo para que se diese un par de vueltas por el plató. ¿Acojonante o no? Estos chinos sí que saben hacer televisión de calidad…

¿Y cómo no voy a hablar de mujeres? Ya se que lo estabais esperando, viciosillos. Pues vamos a ver, las chinitas por norma general no tienen ningún tipo de curva, son de cadera estrecha y sin mucho pecho, es descorazonador, lo se, aunque ví alguna que otra maravillosa excepción (que las hay, obviamente, como en toda norma). Lo que tienen a su favor son los rostros que tienen, sonrisas amplias y ojos exóticos, algo así como Mariposa Mental.

Una pintora de Mongolia muy simpática que me encontré en la Ciudad Prohibida

Lo realmente interesante es como visten. Las jóvenes sienten una inclinación casi obsesiva a llevar una minifalda o unos mini-pantaloncitos tejanos y debajo de ellos una prenda llamada “legin”, una malla ajustada negra que acaba por encima de la rodilla y que yo no sabía que existía. Resultado: morbazo que te cagas.

Paseando por la calle Nanjing, en Shanghai, te pueden ofrecer básicamente dos cosas: una plataforma con ruedas para que te las enganches en los zapatos y “lady-massages”. En todo el paseo recorriendo la calle no recuerdo qué me ofrecieron más, claro que quien te ofrece los lady-massages son hombres y eso puede ser un peligro, excepto en una ocasión que me paró una chica muy amable (y guapa) para preguntarme, en un correctísimo inglés, si quería una amiga para tomar café, acabando ofreciéndome un masaje, decliné cortésmente el ofrecimiento y pensé que yo lo que quería era una amiga para follar, que para tomar café ya tengo muchos amigos. ¡Y después caí en la cuenta!

Aquí Miyagi enseñando artes marciales a su inútil discípulo…

Próximo episodio: Compras frikis.

(Este post ha sido enviado por el miembro reservista Juls)

Saludos Frikis

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