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Ciclo Monstruitos: Los Ghoulies.

Ya lo dije la semana pasada, cuando comentaba el duelo entre Gremlins y Critters. Los primeros, debido a su gran carga mediática durante los 80, y su enorme éxito en taquilla, motivaron la creación de multitud de subproductos basados en la formula que ellos habían puesto de moda, la de monstruitos tocahuevos.

Así que, en una labor de investigación de las que me molón a mí, y con el objetivo de ahorrarme unas cuantas semanas de post, he decidido hacer uno de mis archiconocidos, admirados, idolatrados, y copias hasta la saciedad, ciclos.

Desde esta semana, y hasta que se agoten las películas de monstruitos tocahuevos de mi estantería, os daré un repaso magistral por este subgénero del terror comedia ochentero que, a los admiradores de los subproductos más casposos, nos la pone dura como una viga.

Como de los Critters, ya hable la semana pasada en el Duelo, vamos a pasar directamente a uno de los grupos de monstruitos más famosos dentro del género, y que muchos vosotros seguramente habréis visto, por cuenta propia o a punta de cerveza. Comienza el CICLO MONSTRUITOS con LOS GHOULIES.

Jonathan Graves hereda la mansión de su tío, el famoso satanista Malcolm Graves. En la fiesta de inauguración de su nueva casa, decide inspirarse en una serie de rituales satánicos para dar una sorpresa a los presentes, pero algo terrible sucede, conjurando a una horda de pequeños Goblins llamados Ghoulies. Estos pequeños y malévolos espíritus, intentaran por todos los medios, crear un ritual, en el cual sacrificarían a todos los presentes para que, así, se abriesen las puertas del infierno y escapase el mismísimo Diablo.

Aparecida en 1985, fue dirigida por Luca Bercovici, aunque en un principio la primera versión iba a salir en 1983 bajo el nombre de The Beasties dirigida por Charles Band y con efectos, atiende, del genio Stan Winston. Ahí es nada. Al final todo se paralizo, y Bercovici se encargo tanto de esta como del guión de las secuelas – amén de otras maravillas como Rockcula o Dark Tide -.

Es un imprescindible ejemplo de cómo conseguir un éxito inesperado en VHS – ¡qué tiempos! – gracias al boca – oreja, y al tirón que los Gremlins tuvieron. La premisa del filme, como podéis ver, es para mear y no echar gota.

Es normalísimo que tu tío – o tu padre, nunca me acuerdo bien – sea un famoso satanista, y no tengas ni zorra de sus oscuras practicas, ni sospeches de ninguno de esos extraños libros que tiene en casa, ni que tenga una colección de túnicas con capucha negra, que cada dos meses se compre una cabra que no le dure ni dos días, o que te pregunte si tienes alguna amiga que todavía no allá sido cubierta por nadie. Eso, mira, lo puedo dejar pasar… y más si vives en Austria.

Pero, que seas tan gilipollas, como para cachondearte del señor de las tinieblas, haciendo una fiesta con símbolos satánicos, como si fueses Jimmy Page en una de sus fiestas en Beleskine House junto al resto de Led Zeppelin, eso sí que no. Bien empleado que te esta la aparición de esos bichos grotescos, ¡hombreya!.

Mezclando humor y terror, la película tiene su aquel a partir de la aparición de los pequeños engendros, que protagonizan algunas de las escenas más divertidas del metraje – como cuando salen del wáter, así, por la cara -. Evidentemente, en este tipo de filmes, los actores, las actuaciones, y el guión, importan una mierda seca, porque lo que de verdad importa, son estas tres cosas:

– Los bichos en cuestión.
– Las escenas de mondongos, chistorras, y fiambre variado.
– Las escenas donde salgan tetas o restriegue de cebolleta.

En lo referente a los bichos, cumple con creces. Se gastaron sus buenos cuartos en hacer unos animatronics – o marionetas, seguramente – lo más repugnantes y bien acabados que su paupérrimo presupuesto les permitía. Cinco o seis bichos componen el grupo de Ghoulies, que les hace la vida imposible a estos fiesteros pelo cenicero de tres al cuarto. Lo bueno, es que para dar continuidad a la saga, mantuvieron el diseño de los mismo Ghoulies, aunque con algunas mejoras.

Tanto de tetas como de sangre, también va servida, aunque más de lo segundo que de lo primero – y es que no se puede tener de todo -. Las muertes están bien realizadas – siempre dentro de sus posibilidades – y suelen tener algún momentillo graciosete o de humor negro, que siempre se agradece. Y por otro lado, las tías buenas circulan por la película bien servidas de mamellas, destacando la escena en la que se están zumbado con brío animal a una zagala en la cama, mientras los ghoulies van pintando un pentagrama sin que sean conscientes de su fornicio servirá para abrir un poco más el portal… hacia Satán, hostias, hacia Satán.

La cosa, como suele pasar en estas películas, acabará con un final donde todo se resuelve más o menos bien, pero siempre dejando un pequeño hueco por sí tiene éxito y pueden seguir dándole un poco más por detrás a la gallina. Y, en este caso, lo tuvo.

A esta siguió Ghoulies II, dirigida por el padre de Charles Band, Alex Band, en 1987. En ella estos bichos aparecen en una feria ambulante gracias a un tal Larry y su tío, los dueños del espectáculo La Guarida de Satán, para hacerlo más interesante hacen modificaciones en su número, y la cosa les sale rana.

A mí, personalmente, me parece no mejor que le primera – porque esta es un cáncer cinematográfico – pero sí más divertida, sobre todo por las múltiples cagadas de guión, la aparición del Ghoulie de 50 pies comiéndose al resto, y una serie de putadas que ocasionan en la feria que me alegraron el día.

Como no hay dos sin tres, toma otra. Ghoulies III: Ghoulies go to College – A.K.A Ghoulies III: Los Ghoulies van a la universidad – de 1991, es ya una fiesta, un despelote sin control. En ella un profesor universitario aburrido decide invocar a los ghoulies para hacer el chorra. La cosa acaba con los bichos acosando jovencitas, metiéndose en hermandades, y poniéndose hasta el ojete de birra y drogas mientras intentan putear a la gente del campus… Es decir, lo que hace cualquier universitario cuando sale tajado de la cafetería.

Y donde cogen tres, cogen cuatro. Ghoulies IV de 1994. Se recupera a Jonathan Graves que aquí lleva tiempo zumbándose a su socia y amiga, Alexandra, una guarrilla de tomo y lomo que además es concubina del diablo, y ha invocado a dos Ghoulies, para recuperar un amuleto que puede hacer que su amorcito de grandes cuernos salga del infierno y le de metro y medio de demoniaco amor.

Aunque está bastante mejor que la anterior, y que la segunda, sigue siendo un subproducto sólo apto para aficionados a esta clase de cine, o para pasarte una noche de puta madre con cervezas y cigarros de la risa – que diría Sociedad Alcohólica -.

Como veis, unas autenticas bazofias de las que ya no se hacen, a cargo de la Empire pictures, compañía que día al mundo deleznables productos, que hoy día hacen las delicias de las noches de Halloween, de grandes y pequeños.

Con esto, y una patada en vuestro culo, me despido…

¡Hasta la semana que viene, frikis!

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